El guía, habitante ribereño de ancestro indígena, puso el fuera de borda en neutral para impedir que su lancha y su carga de seis turistas interrumpiesen el tumulto del agua que se extendía delante.

Allí, montones de ejemplares de caimán negro —el más grande aligátor de América Latina, que llega a medir hasta cinco metros— agitaban la superficie del lago, hundiendo sus largos hocicos bajo el agua para atrapar peces que surgían de un arroyo cercano.

Tales escenas son una ocurrencia diaria en esta extensa franja de bosque lluvioso amazónico inundada estacionalmente denominada Reserva de Desarrollo Sostenible Mamirauá. Pero la vida silvestre asombrosamente rica que hay aquí es sólo una de sus atracciones. No menos sorprendente es el modelo de conservación que está preservando estos recursos y asegurando los medios de subsistencia de los 7,000 habitantes de la reserva, una combinación de indígenas amazónicos, descendientes de caucheros y migrantes del nordeste de la nación que viven en 78 comunidades ribereñas.