El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) iba a ser, se suponía, la gran tentativa de México para sumarse al club de naciones industrializadas del mundo. Mientras que esa promesa tiene todavía que hacerse realidad, el tratado, ahora con 14 años, ha dejado un innegable legado: miles —si no millones— de toneladas de residuos peligrosos sin tratamiento.

La oposición local ha bloqueado esfuerzos para crear una red nacional de centros de disposición de residuos peligrosos que lidie con la bonanza manufacturera del país, impulsada por el Tlcan. Actualmente, México tiene sólo uno de estos establecimientos en operación, en las afueras de la ciudad industrial de Monterrey, en el norte. El elevado costo de transportar residuos cientos de kilómetros hasta el sitio significa que, en vez de ello, muchas fábricas industriales acuden a vertederos ilegales: en ríos, cañones, incluso en los patios traseros de los mexicanos.